Algo se define como Pueblo de Potemkin cuando se quiere describir una cosa muy bien presentada para disimular su desastroso estado real.
El relato de la leyenda es el siguiente:
En 1787 antes de una visita de su soberana la zarina Catalina II de Rusia, la Grande, Potemkin, el favorito, hizo edificar bastidores/fachadas pintadas a lo largo de la ruta de visita de Catalina la Grande, para presentar pueblos idílicos en la recién conquistada Crimea, pero para encubrir la verdadera situación catastrófica de la región. Potemkin mostraba desde lo alto de una colina a la zarina una aldea de nueva construcción en la que supuestamente vivía gente. El pueblo visto desde cierta distancia tenía un aspecto idílico e impecable. El verlo desde la lejanía se hacía para que la zarina no se mezclara con la gente o también por cuestiones de seguridad. La realidad era que el supuesto pueblo no era más que un bastidor (como los que se emplean en la filmación muchas películas), nada se había hecho para las gentes del pueblo, que además vivían en la más completa miseria. Así pues, durante la visita de Catalina la Grande, visitaron varios de estos pueblos de ficción y que además siempre era el mismo, pues al terminar la visita el pueblo ficticio era desmontado y se volvía a montar en otro emplazamiento distinto que sería visitado después.
México parece un Pueblo de Potemkin moderno. Vende al exterior una imagen de lucha incansable y en camino a la victoria en contra de la violencia y el narcotráfico (aunque la cuenta de las bajas de ambos bandos no cuadren) para que el gobierno norteamericano califique a nuestro país de seguro y al presidente del Eliot Ness de la actualidad. Se habla de finanzas sanas para conseguir préstamos internacionales y la economía familiar ve mermas importantes a su calidad y estilo de vida. Funcionarios públicos realizan compromisos a futuro con la sociedad mexicana y a la primera provocación deciden romper con ellos para su beneficio político y personal. Los partidos políticos hablan de nuevas maneras de hacer política, juegan con el “Mamá soy Paquito, ya no haré travesuras“, pero su estilo y sus acciones no han cambiado.
Vienen elecciones. Regresa la lucha encarnizada por ganar boletas electorales. Continúa la guerra de declaraciones entre partidos. Y no dejan de hablarnos de la necesidad de ver a los políticos con otros ojos que no sean los de la corrupción, la intolerancia, la falta de acuerdos y el trabajo para hacer de México un país mejor. Todos venden esta última idea, pero ¿quién está trabajando realmente para que así sea?
Regresamos a las campañas y la mercadotecnia política. Yo no quiero que me vendan ideas; quiero acciones y resultados. Yo no quiero que el Poder Legislativo se paralice para no politizar los temas de coyuntura, quiero que los resuelvan y así se ganen mi voto. No quiero que, para donde voltee, vea un político construyendo un pueblo inexistente, sino que me hablen de realidades y resuelvan con actitud y determinación.
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